(169) Botellas agrías
Para Pedro la distancia enciende luces nocturnas y llena botellas. Enciende luces mortecinas de soledad y llena botellas de amargura: Amargura de nostalgia y llanto, soledad y frío.
El llegar cada noche a casa sabiendo que allí es de día. Sentirse solo, ajeno, desbaratado y candado en un país que no es el tuyo, en una humanidad que no es la tuya, en una casa que parece tuya pero que es mentira.
Por eso y por añorar Guayaquil Pedro llora lágrimas agrias como el agua regia. Son lágrimas de lejanía, gotas saladas y acibaradas de bilis negra, melancolía de los suyos: su aire, su suelo, su sol, sus nubes, su familia, su habla.
Especularmente Pedro siente, como en una simétrica clepsidra, caer gotas saladas y ácidas del otro lado del océano. Esas lágrimas, todas esas lágrimas de uno y otro lado se cambian por una plata inminente que compra ilusiones pero no paga consuelos.
Por eso Pedro ajado, cansado en tierra enemiga y casi siempre extraña llora y toma. Cada botella vacía de su tomar, llena de amargura, representa una semana de soledad y un brindis al futuro. Ve la televisión, otra, sentado compartiendo casa y ve, encima del aparador, las botellas vacías de la distancia, de la emigración, del desespero esperanzado una vuelta que se toma más tiempo que mil hormigoneras de concreto en fraguar.
Son botellas vacías llenas de lágrimas que se han mandado con la plata, es el dolor y la vida emigrante, ninguna de las dos mentira, ninguna de las dos sucedánea.

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