(172) La escalera de Ispahan
Llegaba tarde, llegaba tarde, cada día llegaba tarde y al día siguiente tenía que volver a salir corriendo de casa para llegar, casi ahíto, al andén de tren y bajar las escaleras y volverlas a subir. Sólo en el tren se sentía seguro: Alea Jacta est.
Llegar al destino, no al final, sino al más cercano y embadurnarse de nuevo de prisa para llegar al trabajo. Comenzar el día con estrés, desayunarse estrés, y convivir con la tensión, como una sombra que acompaña, durante toda la jornada. Era algo extenuante e imprescindible: el jugo de la gran ciudad. La continua carrera huyendo o buscando.
Cada día capturaba su atención las escaleras mecánicas y las gentes pausadas, lejanas, tranquilas que iniciaban el día con ese inicio pausado y procrastinador que tanto se diferenciaba de su bautizo de la mañana.
El elemento metálico ruidoso, con un eco reverberante casi imperceptible en la vaciedad del hueco de la escalera que soporta y permite superar esos desniveles de vértigo, el zum zum de los pasos, de los adelantamientos, por la izquierda, del habla de algunos de lejos, del rugido de algunos cercanos. Todo ello como si fuera un bodegón sociológico de la mañana con prisas le llamaba la atención como si fuera un arca de Noé inclinada cuarenta y cinco grados.
Subía las escaleras mecánicas con el zumbido del motor, algunos chirridos prestos a formar la siguiente parada de la escalera, siempre con quejas de los viajeros. En ese momento y mientras subía, aterido de prisa, embalsamado de esa pez amarillenta que es la angustia del trabajo, con la mente ya en la mesa se cruzó con el anciano del traje azul. El anciano subía y junto a las jovencitas, el señor mayor sin prisa ni sueño, los trabajadores extranjeros, y algún que otro adormilado de traje apareció un señor de traje caro, apostura casi de galán de cine de los años cincuenta, tersa cara y cuello a pesar de tocar con la mano los setenta años, blanco bigote de kaiser o de húsar y endomingado y engominado pelo cano más por las patillas y frente que por la cabeza. Parecía escapado de una película de vodevil o de gangsters del siglo pasado.
Se quedaron mirando en el instante eterno que las conjunciones hacen cruzarse las escaleras que suben con las que bajan. El señor comenzó a sonreír y el atareado burócrata, el ligero corredor de las mañana se abrió de bruces. La velocidad llamó a su puerta y se abrió, todo corriendo, enseñándoles verdades que nunca son gratis, pasados que podrían ser multinterpretados, realidades de las que no se percató: clarividencia y lucidez en la hora de acabar de vencer el día del sueño. Todos estos prolegómenos e hipótesis le hicieron desembocar, como si se arrojará por un tobogán en una última y brillante idea: “Aquel día sería el de su muerte”.
No se diga el porqué ni el como, ni en que extraño ritual o conjuro extrajo esa información en la larga, larguísima escalera mecánica. Si fue de las mortecinas luces, de los techos de fibra de vidrio, del bullir pecaminoso de acedia o de cualquier otra cosa que ayudó a esa epifanía, nadie sabe como conoció esa realidad, no lo conocemos, tan solo que se cruzó con un elegante anciano de terno impoluto azul marino y sobrevino el ataque.
Llegaba casi a la oficina, apenas cuatro edificios más a paso ligero, para evitar el sudor, mirar el reloj un par de veces y pensar que ya empezaba retrasado, ese era su día. Pero antes de llegar al falso último escalón mecánico, pétreo, metálico y como peinado con una peina para retirar piojos cayó exangüe llegando a Ispahan. Nunca más se levantó.

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Un Comentario »
Joder, no sé, me da verguenza escribir comentarios aquí. Me siento como cuando era niña y estaba en clase de filosofía, quería decirle tantas cosas a ese sabio profesor, a ese que tanta admiración me profesaba. Pero no, me quedaba en silencio, tan sólo en silencio.
Un silencio de algo bárbaro