(198) El actor que huye
Peñagaricano repetía el texto afable y diligente en su operación actoral:
- "Mirarse y no encontrarse" - Decía taciturno y torvo.
- "Reía como paloma al vuelo" - y, dando un salto, hacía un mohín hilarante.
Un papel por fín tras tanto tiempo, tras escapar a dos o tres infiernos y volver, viendo los alrededores de Florencia, a su Damasco particular.
- "Mirarse y no encontrarse".
- "Reía como paloma al vuelo".
Gracias tenía que dar por esa puerta reabireta al solar inmenso de su talento. Talento ennegrecido de vejez, deterioro y duda.
- "Mirarse...".
La función, la principal, el último gran ensayo, la eyaculación onánica postrera de nervios e inseguridades sería el jueves. Ensayos y repeticiones, angustias y falta de profesionalidad, entradas para amigos, primero negadas, luego goteadas, llamadas telefónicas, sonrisas y mariposas: Un clásico de las vísperas.
"Peñagaricano volvía", el tipo de letra del cartel anunciador le daba algún cícero de más que al resto de secundarios, los inminentes próximos primeros actores.
El teatro, la mentira bien contada que recrea, para crear, la verdad vive de egos pequeños, maquillaje, banbalinas que es una cosmogonía imperfecta o, mejor aún, una logomaquia de espaldas al mundo cotidiano.
Peñagaricano pidió adelantos, reconcilió personas, amistó directores de sucursal, reunió fuerzas, desdobló críticos.
El jueves por la mañana, dos horas antes del gran ensayo general, Peñagaricano veloz y nervioso tomaba un tren. El traquetreo le llevaría, sin duda, a la muerte.

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