(222) El enterrador de Ridiera
Era un pueblo pequeño y ya maldito antes de que llegara el pelirrojo a la comarca de Hería en forma de mala hierba rastrojera y gritos nocturnos con voz de mandrágora. Vivía en la aldea un frío de negro acero y de vientos correveidiles que turbaban mentes, quebraban voluntades y fes. Era el lugar que daban en llamar Ridiera por el viento que soplaba, el rido, rara vez bueno.
Las doce casas de Ridiera, a ojo de búho de Aparicio, eran heredades de leña de señores del pueblo grande, y desde su promontorio en la loma solana vigilaban la entrada a fincas viejas, también de señores del viejo Aparicio, que daban frutos montaraces de madera, retrueco y resina.
Ridiera tenía iglesia, ermita y casa de juntas donde retumbaba o susurraba un viento ululante tan pronto el sol se escondía. Era un aire que hendía las cabezas y rebañaba razones. El viento y el tiempo -primos- habían despoblado alguna de las casuchas y esa falta de prolijidad resentía la actividad de leñeros, guardas y vigilantes.
Los amos del llano, en Aparicio, celosos de sus plusvalías pedían familias por las iglesias del contorno. Familias cabales y capaces de encargarse de la guardersía y cuidado de la iglesia de la aldea del cerro. También quedaría en el cometido el cuido y limpieza para el culto de la ermita donde los micólogos, druidas, recogían setas y hongos que atentaban contra los usos de las leyes de Dios y los hombres.
Los ridieros para evitar la confusión con las mentes malvadas que, amigas del viento y los atardeceres verdes, recogían frutos sin raíz, como viento, solían llamarse a sagrado casi todos los días a la vuelta del trabajo para salir limpios y exvotos de esa ermita que era la punta de lanza contra la locura demenciada de los hombres o el poder de lo desconocible.
Las almas quedaban limpias para poder volver a robar al monte el día siguiente en loor de Dios y las normas de su casa. Era un huir diario del dolor y del malano como decían los ridieros a la locura del viento. Bien supieron después, los que se negaban, los efectos perjudiciales de esos malos usos que contrariaban a jueces y presbíteros.
La familia de los Pachecos, gente pequeña y ruin, fueron proscritos en Aparicio por algún problema de rentas de siega y envidias más relacionadas con lo casquivano y bello de su hija mayor, Pilar, que por los males de los malencarados, cejijuntos y rechonchos campesinos. Arribaron a Ridiera padre, madre, hijo mayor, hija e hijo pequeño, que no levantaba más de tres años del suelo, a otear collados y revisar cuarteles y pajares para trabajar, tomar o robar.
Juan Pacheco, el padre, hablando en negocios con el mayoral primero de las fincas, de las cuales casi dependía el pueblo, tras conocidas las obligaciones y sueldos, negó la intención que le había mandado al pueblo con una sabiduría escapada:
- No puedo soportar ser el guardés y cuidador del cementerio que habrá de enterrarme o enterrar a uno de los míos.
El mayoral, los rabadanes y los demás guardeses asintieron, después, reconociendo el dolor de cada uno al enterrar a los suyos. El viento, mientras, se llevaba el murmullo de sus músicas conversaciones lejos rebotando en tocones yermos, rocas invertidas y caminos falaces con la vesanía de una loca vieja de crespos pelos color amanecer. Esas palabras la tomarían musgos y los líquenes verdosos y las personas que transitan los montes sin norte ni buen ánimo.
A los días y con la misma hambre de la llegada los Pachecos abandonaron Ridiera, incluso, dejaron atrás Aparicio, la comarca de Hería y también Almadormida prediciendo un miedo indeciso que habría de cristalizarse después.
Los Pachecos se dirigieron con el estómago pequeño al gran fangal de la ciudad con sus miasmas de hilillos horizontales flotando. Allí el turno musical del acordeón, la guitarra sin barnizar y el vino nocturno también les enseñaba los puños y los dientes, pero, entonces, la amenaza era ya otra.
En Ridiera no solo los Pachecos temieron el olor ventoso de esa muerte que vivía en los bosques llenos de moscas. Un gran resto continúo su trabajo agreste, su recogimiento a sagrado y el ser siempre víspera, sin embargo el temor pánico de los Pachecos gritando en bisbiseo: “….. Enterrarme o enterrar a alguno de los míos” fue oído por décadas con la risa ahogada de un alguien escondido o desconocido rebotando aquí y allá.
El olor a muerte de Ridiera llenaba en ecos y reverberaciones de viento el bosquedal de Hería bajaría, como agua, el cerro hasta Aparicio y, después, con la llegada de Goush, llegaría oloroso y moscal hasta Almadormida.
Pero ese cuento de muerte, dolor y tiempo heredado, mejor será no contarlo para no llamar vientos y maldiciones.

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Comentarios(3) »
Uno de los mejores relatos que he leído últimamente.
Eres un gran escritor, amigo Bonhamed.
Favor que me hace caballero.
Me encantó,precioso y muy bien escrito...me suena muy bien que escribas La Mandrágora,yo la utilizo mucho en mis narrativas o poemas pese a ser venenosa, se adapta a servir de hilo conductor,por las espectativas que despierta.Muy bueno! y de verdad, mi felicitación.