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(229) El novicio loco

bonhamled @ 05:34 Tags:

Gritaba cada nombre de calle que encontraba en su camino. Cada nombre comercial en pasquines publicitarios era lanzado al aire. Cada marca en pegatinas de coches, en rastros en su ropa, en su andar alocado y temeroso que se convertía en estentor. Gritaba y por eso, todo el mundo pensaba que estaba loco.

Se dirigía a un camarero que salía, por la mañana, a subir el portalón metálico del bar amanecedor con un estruendo audible. Le preguntaba: ¿Dónde estabas?. El camarero, se reía, le conocía inofensivo y bromeaba con un punto picante de burla: “vengo de vacaciones”, “Voy a cobrar un premio de lotería” o incluso un hiriente “vengo de follarme a tu madre”. El loco joven huía al no encontrar verdad sino solo realidad.

El joven de ojos fieros pero perdidos, no escuchaba porque las respuestas que buscaba no estaban en las pequeñas bocas de aquellos. Los veía como en una película en blanco y negro mientras una voz subconsciente, en estero y retumbante meandro de su pajarera le decía "Acabo de venir de Mein-Jirr", "He encontrado a otros monjes y otros novicios como tu, sigue este camino y llegarás a esa senda, la senda del conocimiento y de la fe. No la pierdas muchacho".

El joven seguía andando en una dirección, cualquiera, siguiendo la indicación del monje guerrero, el tabernero o la muchacha que hablaba a su cabeza, invisible, imperceptible, inexistente. El andar, muchas veces en círculos, otras yendo y viniendo a toda velocidad en parques y jardines era una nueva prueba que hacía pensar a vecinos, amigos y a sus padres que había perdido la cabeza. ¿La había perdido?

Preguntaba a amos, criados y a mecánicos y repartidores por su maestro, por su congregación sin respuesta blanca. Buscaba: ¿Dónde encontraré la felicidad?: Preguntaba a unos y otros sabiendo de ellos más de lo que la locura y la edad debía prestarle. Pero estaba loco aunque él los veía blandos, lejanos y transparente como clepsidra.

El joven novicio tímido y perdido solo acertaba a escuchar: "Querido siervo de Arrz, tu camino está errado, ven a mi casa y te daré agua y frutos secos para continuar tu camino. Son muchas leguas las que te esperan, tu maestro, el gran sufí, pasó por aquí hace una semana, el polvo del camino y la llegada del invierno te sorprenderán antes de que vuelvas a su seno".

Lloraba el joven loco, perdía la razón en una búsqueda que no salía de su más cercano barrio. Sentía como la vereda de sabiduría que un día decidió seguir se escapaba por las venas de los caminos. Añorando aquellas tardes de claridad y enseñanza, de juventud aprovechada ahora buscaba sin dejar de dar vueltas aun omphalos que no aparecía, sin dejar de escuchar insultos, sin dejar de provocar y tener miedo.

El joven novicio temía a las partidas de bandoleros, a los asesinos Hassidim, a los pobres y temerosos de lepra, a la peste que se oía rumorear más allá de la montañas de Taf y a la falta de conocimiento de quien, como él, se había criado entre mantillas nobles que solo había abandonado para incorporarse al monasterio. Desde entonces la lectura, los cantos y el diálogo mayeútico había guiado su vida. Ahora estaba perdido. Perdido en un mundo blanco y negro de Gortina que le odiaba sin conocerle.

El loco volvía a casa, cada tarde, quemado por el sol, abrasado por el cansancio acogido por padres y hermanos mayores mientras las lágrimas de la cara de la madre abrían surcos: Surcos que eran caminos a andar, nubarrones a eludir, saetas que quebrar para el novicio Maar en su búsqueda trascendente.

El pobre novicio abandonado tras el ataque al monasterio, desconocedor de las realidades y verdades del mundo vagaba en busca de un maestro y un grupo de acolitazgo fantasmal y sorprendente. El loco había pasado toda su vida entre el deterioro y la locura, con flexiones y genuflexiones graciosas, con guiños al mundo real, con diatribas y reconciliaciones con su mundo, el exterior, que le expulsaba.

Enloquecía, el pobre novicio enloquecía, sorteando barrancos, cada vez más profundos, huyendo de interesados mercaderes de esclavos, de legiones de soldados destino a Taf, la ciudad mágica, y de informaciones asustadizas que le llevaban ora al norte, ora al sur. Su pelo, sus manos blancas, la suciedad en su semblante y en sus manos, consecuencia de la búsqueda le abocaron a un hartazgo y una desidia que lindaba, por necesitad y en ese mundo, con la muerte. Se sentó para no volver a moverse más, quieto, estático, no extático, sufría cada segundo, moría, destilado, cada minuto, cada sol, cada luna lejos de su maestro con su ceguera visionaria, con su conocimiento taumatúrgico, apartado de la sindéresis de libro, voz y camino. Su vida se agostaba enmudecida cerca de Tarsis, en los aledaños a Malia, en recovecos de ladrones y enfermos de Gla.

El efecto de los remedios médicos se veían poco a poco. No era la primera mejoría que acababa luego en golpe abrupto de nuevo: voces, gritos, carreras. En su interior la medicación se le aparecía al monje como un difumino del camino que buscaba, una perdida del norte, un andar  vagando por un mundo nublado casi sordo, casi inmóvil, casi muerto.

Sus hermanos no dejaban de vivir en la fronda terrible de la duda y del temor. Su padre interponía escaleras tremendas para llegar a la satisfacción de la curación tantas veces negada. La madre creaba mares de lágrimas presentes y avanzadas, mares profundos y negruzcos que cruzaba una vez descansaba. Todos ellos esperaban con verdor la esperanza de la salida, la vuelta, el llegar . Mientras el novicio Maar sentía esos momentos como un sufrir de acerico cada día, cada legua más lejos de su maestro - harazan Arrz.

El novicio sentado, cansado, siempre cercano a su muerte, Observaba la mágica espesura de los bosques malditos de Oru, las escaleras que llevan a la ciudad fronteriza y fortificada de Ol-ñaé, los mares de agua salada y a dulce de Yu-Tibi y Har-tibi desde donde salían en periplo los barcos udjat de los pueblos del mar, las legiones que se dirigían a tomar el reino de taf, los piratas que esclavizaban y escondían a sus víctimas en el desierto creciente. Las caravanas que esperaban con paciencia la gran marcha ininterrumpida hasta Dor con sus estandarte de Astarté y el maldito Baal. Las monedas de mil dioses y mil reyes como Salmanasar, Diom, César, y tambíen Xot. Las gentes de los mundos del norte y sus bosques oscuros como día de otoño.

Las Pitias que cruzaba le cantaban a su belleza, le confundían con sus mañas de mujer o le indicaban caminos terribles por donde perder la vida y la fe.

Veía en su andar peregrino las techumbres tejidas con tela de araña de la ciudad costera de Amm- Tadir. Ciudad-saga inicio de una nueva civilización posterior deambulante hasta la lejana Assur y camino de huida de los habitantes de Taf que previeron el desastre. Reconocía en la cara y los semblantes extraños y blanquecinos a los comerciantes de la lejana Arcadia tan misteriosa como sus mercaderes y sus vestidos.

El joven pulcro y aseado, encontraba su historia triste en la suciedad rota de su hábito-toga lleno de costras de suciedad, con arañazos logrados en las tristes y lóbregas cuevas nocturnas de enfermos y huidos donde le daban acogimiento. La vida se aparecía con el humo verde de la desesperación simbólica y hermética, como una pared de volcán en erupción de más de tres mil metros de altura a la que habría que escalar según le contó en metáfora el venerable Harazan Arrz.

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