(231) Agamenón y su porquero vivían en Almadormida
Ayer sentado en la solana invernal en el recoveco o rincón que buscan algunos viejos antes de la muerte inminente para regocijarme en el diálogo y conversación con las personas de Almadormida pude presenciar un hecho asombroso.
Me levanté con frío y con esa sensación sorda, como de sombra de algo maligno sobre uno; el desayuno suave pero contundente de la Castilla insular junto con el posterior paseo, al abrigo de vientos y de retrueques alunados, mis resquemores fueron ripables y se tornaron en sonrisa y la cabeza en navío a destino.
El rato de tibia, pero fría, conversación me llevó el tiempo que lleva desde la no presencia en la misa hasta el tiempo del vermuth ácimo, ácido y de efluvio verdoso de absenta.
Mis pies meditantes me llevaron a la puerta de la vieja tahona de Almadormida y allí pegué la hebra, durante unos minutos, con Josafat y con su hijo Marvelo. Los nombres de tan apócrifa familia siempre sorprendieron a todos los almadormeños, y visitantes, pero atendían a un trasunto antiquísimo de viaje y de huida judaica de un Taf que aparecía en sus aspavientos domésticos.
Josafat y Marvelo hablaban del amor y valor de los símbolos, con su lógica agraria y de sol de mediodia. Por ejemplo, indicaba Josafat, el amor arrebatado que presentan los islámicos por su profeta y por los simbolos de su religión, Marvelo, que criado en el pueblo estudió y fue a la Universidad a la ciudad a completar sus estudios de Agronomía, no acababa de entender a su padre.
El tema se suscitó tras los hechos de la burla al profeta Mahoma en las tierras, más frías pero más ricas, de Dinamarca.
Marvelo ponía en boca de los hijos del islam la misma furia y respuesta en la arenga anti occidental que nosotros tuvimos, teníamos y, en parte, aun tenemos ante la amenaza de los hijos de la media luna. Josafat, con su oficio de campesino ilustrado con el yunque y la fragua, soplaba su viejo planteamiento reconociendo que en general, el tratamiento a árabes y musulmanes había sido malo, incluso en una ocasión, poco después del suceso triste del retrueco, un mercachifle sirio fue expulsado con algarabía del pueblo por la presunta intermediación de sus manejos en el caso, nunca probada ni siquiera intuida por la causalidad temporal.
Josafat se rascó su barba, miró al cielo y exclamó la frase que anoté en mi libro de noche con la esperanza de convertirlo en relato algún día.
"Si miras a un hombre desnudo, callado, y con los ojos cerrados, nunca verás lo que encierra en su interior; si lo ves vestido, con todos sus aditamentos, ornamentos y aparejos y con los ojos abiertos, las manos pensantes y la boca balbuciente, en ese caso, ya existirá el modelo o vida que debería o querría tener y no tiene, y además, te conminará a seguirle para ir a buscarla".
Me alejé unos pasos después continué un buen rato andando por las calles, desiertas, de Almadormida pensando en su frase y en como aprehendían los campesinos en sus manos callosas y en sus frentes quemadas por el frío la verdad y realidad total del mundo.

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