(238) Los tres revolucionarios. Un pequeño cuento de Almadormida
El primero, casi púber, entró asíendo con fuerza su párvulo carnet de jóven revolucionario. aparecía gemelo de su mismidad, con la fuerza irremediable de la juventud y el sabor de vino viejo cuando crea recuerdos imborrables. El segundo de los iluminados tenía la treintena mediada, y a pesar de los descalabros de la vida sostenía en su mano derecha un trozo de pan, pequeño y deleznado, y, cautiva en la mano izquierda, una orgullecida palma en advección que, sin embargo, era llena de callosidades apodicticas.
La terna acababa con el que, en verdad, erraba al acudir al tribunal. Un hedonista en busca de un Parnaso que no acababa de aparecer; vate, orador, excelente y picaflor con fantasismo florentino. También hortera de salón de abacería de tres al cuarto donde se le permitía cargar sal pero no despachar vinagre. Los tres arribaron, con miradas de soslayo entre sí, al estatuido tribunal, iniciático tras su creación por el Sr Goush, mostraron sus credenciales: la media sardineta de poeta, los endecasílabos con su correspondientes didascalias y codas, las pólizas y los dalles. Una vez se verificó el bagaje comenzó el diálogo y las falacias hasta construir, con el risueño pelirrojo tras los cortinones, arquitecturas de oblongas volutas de razonamiento, vacuas sin la catarsis de la razón ni el dulzor de malvasía o de la absenta de la fe: eran solo luces cegadoras. Goush escuchaba con interés, de hito en hito, a los candidatos invisibles; hacía gestos de mono loco, impostaba o atiplaba a ratos la voz por lo bajo con aspavientos mistéricos al cielo o al suelo postrándose de hinojos ante algunas combinaciones de palabras o de danzas numéricas. De los tres sólo uno superó el oráculo; los asertos perdían por Xaloc, por impericia o por capciosidad manifiesta renuente y contumaz. A pesar de los trabajos, los resultados no llegaron a saberse ya que las actas se perdieron tras el desastre, ya por el fuego en la legación, ya por la furia disipada de los pocos que quedaron o por la torpeza venerable, y discreta, de los que vinieron a investigar.
Se prefirió dar el pueblo entero al olvido y al abandono de la hierba rastrojera, para desconocer por siempre el nombre del destinado y el de los dos adláteres coadyuvantes, manchados de sangre de tierra roja y de atardeceres sordos. Decían quienes no olvidaron que fue lo mejor para todos, menos para historiadores y preguntadores de lo que a nadie le interesa. Los muertos quedaron tranquilos con su verdad falsa. Los ajenos no ahondaron en una curiosidad escarpada. Los blasfemos no recordaron palabras ocultas ni rayos salidos del cielo y los lejanos ni siquiera pudieron conocer lo que nadie debía haber visto.

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