(242) El único cuento de Aparicio
Aparicio es rudo y claro en medio de la campiña castellana, yerma y clara como piedra de cuarzo de un bancal de limo de un remanso del río. En un cerrete junto a una sierra pequeña, roma y limpia dando inicio a un valle que llega hasta el horizonte: la comarca de Almadormida. Los cerretes buscan, cerca, a hermanos más grandes y escarpados lo que origina una orografía de bosque tupido y de aires tempranos, es la región de Hería, hermanastra de Almadormida.
La gente campesina de Aparicio, conoció los coches casi cuando nacieron y tenía fama de gente novedosa en la región. Tenidos por bisiestos renacedores de ideas pasadas y por innovadores y finiquitadores de las ideas actuales, sobrevolándolas de por mucho. Algunos de los aparicienses vivían con la mente delante del tiempo (vernistas) más otros vivían en el campo atados a la tierra y con la mirada en el horizonte recortado de montes con formas abruptas como catones justos e inapelables.
No eran muy abiertos al forasterio en la región, como todos los castellanos, pero no guardaban ese gesto hosco que se estila en Castilla e incluso en Hería. Aun con apertura no brindaban el sol de su conversación a cualquiera, endurecidos como estaban en la tierra del frío largo y del calor trepanante y con la infidencia al borde de los dedos. El acercarse a ellos era difícil, el estar cerca, no.
Las cuatro carreteras y los dos caminos de Almadormida trajeron desde siempre especias, el cacao, el café e incluso a los contrabandistas. En Aparicio se tuvo lo extraño como cercano con un metropolitismo y temporicidad que no existía en la capital por lo que cualquier viajante, extraño, extranjero, una vez superado el miedo, tenía oidos para sus mentiras, las más, y sus confesiones, algunas.
El reloj de la capital, marcado por los mecanismos de los trenes y los vehículos, corría atropellando a todo el mundo, incluso a los contemporáneos, los modernistas y aquellos futuristas. En Aparicio, lejana y cercana, desposeida de la peste administrativa y en el dulzor de las mieles del intercambio, los aparicienses discrepaban, discutían, se encontraban y dialogaban en un lugar donde el tiempo remansaba.
Los indianos de Aparicio, ya eran indianos antes de salir del pueblo, aquellos más arrebatados por conocer, y cuando volvieron no trajeron maravillas como en otros sitios, en Aparicio eran ya conocidos. Trajeron una arquitectura criolla y llena de patios y ventanas que no se aprestaban a un uso corriente en la llanura de Castilla que colocaron en los cerros del pueblo villas y caserones. Construcciones cercanas y con la lejanía interesante y de hiedra del nuevo rico. Las nuevas y altivas construcciones con humor caribeño, andino o rioplatense traían a su sabor, el sabor terroso y frío de Castilla, una hojarasca de sueños superpuestos y de diferente hechura y edad cuarteles, ojivales y porches muy novedosos donde esperar el tiempo llegar.
Se conoció el arado y los aperos mecánicos de labranzas antes que en otras tierras de Castilla. Incluso se creó una sociedad lamarckista, en la cual se apoyaría el aciago pelirrojo, para establecer su salaz compendio de ideas modernistas ilustradas y de progreso.
Algunos vinieron de Madrid y de Valladolid con inventos que cuajaron. El viejo Don Ramón, cronista, alcalde y amigo de la novedad fue el principal valedor de todo el progreso, mejora y avance y la llave que abrió las puertas y ventanas al daño.
La electricidad, las barberías, la avantgarde, la fotografía, etc, fueron llegando con rapidez a las bocas ansiosas del pueblo, instalándose un sentimiento contemporáneo frisante con el romanticismo, y todavía hoy, tiempo de electricidad y de información, los aparicienses que quedan son un pueblo muy ameno en las hierbas de su saber y su curiosidad, aunque más escondida por los recovecos y pliegues del pasado.
Hoy desolado y muerto, corren las aves vegetales del demonio por sus calles en eterna patrulla y comando. Los abrozos y las hierbas rastrojeras asedian las casas, las hierbas malas como la mandrágora chillan y los lugareños se esconden de si mismos, de los vientos y de los gritos con golpe de portalón y vigilancia temerosa.
Lee el viajero los cuadros vejestorios de las bocas de las calles y entiende los nombres de antaño: Calle del radiogiro, Calle de las escuelas, Calle del Calidoscopio, Calle de la olografía superada; el frío tiembla y el aire empuja.
En Aparicio muchos de los vecinos tenían ya antes de la primera guerra mundial pluviómetro y termómetro por lo que era el pueblo, de Almadormida y Hería, que mejor y mayor dato climatológico suministraba. Los metereólogos aficionados, incontables, al menos uno por familia, luchaban en dar las noticias del meteo mas simpares y simpáticas a sus convecinos enzarzándose en estudios y debates sobre las calendas del ferragosto y los acibates de Ben Taj. Códice ancianísimo de cuando Almadormida, en la primera edad media acogió a unos pocos supervivientes de la ciudad de Taf.
Las conversaciones de a frecuente se relataban de esta forma:
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Don Andrés, ¿Supo usted que antes de ayer fue el día sesenta y tres de este año en el que las precipitaciones no subieron de 30 mm?
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Clarita, vete a preguntarle a Don Senén si se presume que la media de las temperaturas de la estación en los últimos cuarenta años se eleve hoy o ¿Puede ser este el día impar del mes de Abril con mayor mínima?
El afán enciclopedista se plasmaba en la existencia de una calle de Diderot donde además de viviendas terciadas convivían importantes industrias como la única zapatería del pueblo y un baratillo.
La guardia civil del puesto casi estaba aprestada a abandonar el pueblo por el orden pitagórico en el que se vivía: hasta el día que se volvió turbio de arena roja. El sol, eterno, del día del fin, se tornó, a la vuelta de una tuerca, en una sombra eterna.
Recuerdan algunos, de los que sobrevivieron después, cómo sonreían aquel día, cómo la asociación “La Amistad” con su candelabro rugiente de llama solo fue un sueño estrafalario de luz. De tenencia de luz, de portaduría de luz, de pensamiento de luz, en un pueblo en el que en algunos momentos la nube de moscas lo cubría casi todo - sobre todo en los tiempos de antes de llegar el aciago extranjero, Sr. Goush, con su voz de tiple, impostada, con su falsete asustante, con su chirriar en el andar y con su mente manipuladora-.
Luz, moscas, luminarias, caminos, vientos, miedos y pensamiento. Aún hoy hace tremolar en los corazones y las mentes un miedo artero y arcano del que mejor dejar de hablar ya.

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