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(295) La llamada

bonhamled @ 17:20 Tags:

Tomó el teléfono y casi tropieza, tenía frío en las piernas, estaba dormido, que el mundo giraba; en algunos sitios era incluso medio día, y que lo que le decían por el teléfono no era ininteligible.

-Tu padre ha muerto- le decían – Un ataque al corazón, no ha sufrido, apenas unos pequeños espasmos y murió.

El teléfono casi se le cae, con la gravedad que nunca cesa, como el tiempo. Su padre, la figura paterna existente siempre como un narrador de su protohistoria. Recordó durante un instante toda su vida, como, según se dice, hacen los que van a morir antes de hacerlo, .

El horizonte claro de la muerte era el desasosiego que le accedía como una ola de ira y de sincera reconciliación. Ira por lo inevitable, reconciliación con el mundo, que seguía girando a su modo.

La gran cantidad de gestiones y papeleo que tenía delante de si, le desazonaba, lo prosaico de la situación trascendente, como lo ridículo en los momentos clave, históricos, en una palabra: Trascendente.

Salió de su casa en una calle recién amanecida y a su izquierda se vislumbraba una claridad temprana de Abril. El destino era un hospital o quizás el tanatorio.

Arrancó el vehículo, dobló calles, siguió bulevares, paró en semáforos y continuo por avenidas hasta llegar al acceso dificultoso, ahora expedito, del hospital. Todo era sencillo en la ciudad que despertaba en una mente donde truenos, relámpagos, rayos y batir de dioses contrastaban con el poco ruido exterior.

Volvió a doblar dentro del aparcamiento de coches, un poco lejos pero no mucho de la entrada de urgencias de modo que la quietud amaneciente sobre la ciudad, que quedaba un poco más abajo, se vestía de naranja intermitente y el murmullo cercano de la rapidez se confundía con el rechinar de sus ruedas, lo mismo pero no igual.

Entró al hospital, preguntó el paradero, eficiente y burocrática la enfermera, o mera informadora, le dio en mensaje conciso y claro, con la eficiencia impersonal y maquinal de un engranaje.

Sin embargo la situación, por repetida, no era nueva… era su padre.

Debía hablar antes de nada con el doctor Gómez, la policía estaba allí también. Se preocupó, su padre no había muerto de forma natural sino que, muy probablemente había sido envenenado.

Supuso que no quisieron alertarle cuando le despertaron hace cuarenta y cinco minutos pero el doctor asombrado solo pudo indicar que apenas habían empezado los primeros estudios y que, aun en este estadio, parecía posible el envenenamiento.

La policía no se sorprendió mucho al verle si bien aseguraron no haberle llamado, ninguno.

Empezó a llorar cuando vio el rostro de su padre desencajado, con el color rojo casi mudado en el amarillo céreo y cenital. Su cuerpo, tendente a la obesidad y a la alopecia, escondió lo que fue un hombre fuerte, joven y vigoroso, pero que había muerto

Se sentó en los largos pasillos asépticamente limpios del hospital mientras la policía indagaba.

Es cierto que era viudo, sin grandes preocupaciones económicas pero tampoco un capital, no tenía grandes enemigos, solo tenía un hijo, él , que era separado y vivía en la otra punta de la ciudad.

Miró al cielo, pensó, quien puede hacer daño así. ¿Porque?

La policía confirmó la muerte por envenenamiento aunque no se derivaba ningún concepto más. Este envenenamiento podía ser como consecuencia de un accidente, un suicidio o un asesinato.

Miraba al cielo, de escayola de hospital. Y el brillante suelo repulido tanto por las penas negras de los que allí moraban como por la eficiencia de los médicos y enfermeras funcionarizados.

La policía siguió preguntando, el llenó sus ojos de lágrimas de cercanía, una cercanía que se había difuminado entre los conflictos de la muerte de la madre, tres años antes, la separación y las desesperaciones que cada uno de ellos cargaron y sobrellevaron, solos, sobre sus propios hombros como camellos en caravana, con un mismo destino de cuerda pero diferentes pasos.

Volvió a llamar al trabajo para avisar que que tenía que hacer gestiones, el auricular le devolvió una voz familiar grave, circunspecta y acorde al hecho "Toma el tiempo necesario".

Apenas colgó el teléfono móvil, que blandía como nexo o cadena con el mundo habitual de la prisa, volvió a sonar y escuchó, de nuevo una voz familiar que le preguntaba si sabía quien había envenenado a su padre. Apenas habían pasado media hora desde que le indicaron esa posibilidad y, pensándolo, era la misma voz masculina suave y sin acento que le indicó que su padre había muerto.

Preguntó- ¿Quien es? ; grito: ¿¡Quién es?!

Ninguna pista, ningún indicio de quien parecía que conocía tanto.

La voz calló, no sabía si el teléfono se desconecto como consecuencia del aspaviento que hizo al reconocer la persona, la voz, la actitud, el acto, el enemigo, el asesino, o era un silencio para que se cociera en el jugo de la tristeza, la inseguridad y la incertidumbre. Quizás era simplemente uno de los policías que le llamaba, no lo sabía.

Habían matado a su padre, pensó, y el llanto de tristeza y abandono se mezcló con la hiel verde y mucilaginosa de la necesidad de verdad, o de necesidad de venganza o quizás el trozo de pasta negruzca del miedo. Quizás la pieza canónica, modular, y reconocible del dolor expresado en barras paralelas y eternas de la verdad, sin más duda ni más adjetivo.

Vagó por las calles y volvió a la casa esperando un grito del teléfono. Escucho el sonido del teléfono acaracolado de obsequiosos sonidos agudos como un polisón nacarado de noticias y dolores. Miró con estremecimiento la pantalla lejana con los símbolos cifrados y, al final, lo cogió esperando  que el dulce asesino le diera una pista, una esperanza, un hilo.

Era la policía; le necesitaban de nuevo, se aprestó a acudir mientras miraba al teléfono oráculo tras la puerta que cerraba.

La policía repasó su ultimo día con su padre, apenas hacía tres días, preguntó y contrastó, pregunto e inquirió, preguntó y desconcertando volvió a preguntar. Cansado, abierto de pequeñas disputas, elegías subyacentes y rugosidades del trato volvería a su casa. Esperaba otra llamada, de un asesino, de un tahúr, de un adivino, de un médium. Nada le refirió a la policía, no tenía claro que no fuera un juego malévolo y travieso de su propia cabeza.

La realidad era solo una, decía, su padre había muerto, su padre no estaba, y además, en su fuero interno, pensaba que le habían matado. La policía de alguna manera debía saberlo cuando le preguntaba de esa manera tan obsesiva. ¿Quizás el obsesionado era él?, ¿Quizás el culpable era él?

El padre padecía del corazón, tomaba medicación, y sufría algo de artrosis, herencia de una vida de trabajo. La medicación, peligrosa en dosis, también estaba en la casa esperando su tiempo de remedio o de némesis. Ya se había preocupado la policía, de buscar entre sus cosas indicios, engaños, pruebas.

Volvió a la vieja casa del otro punto de la ciudad; esta vez entre los policías fingidos del investigación. Miró la calle, el cielo y el suelo y volvió a pensar que alguno de los viandantes esperaba allí para llamarle cuando menos lo esperará. Quizás la llamada que esperaba, corta, austera y cortante, como de estación de tren fuera la de su propio padre. Se fijó en el hombre bajito con el pelo rizado que miraba distraído un escaparate, al inmigrante negro o la señora con el perro.

No era cierto

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