(312) Solo
La soledad es un castillo inexpugnable, una cárcel sin billete de vuelta. La soledad es ese desierto, esa estepa rusa que nos gustaría que nos rodeara, nos abrazara para, así separanos de todos los dolores que no nacen en nosotros para, como San Jorge, enfrentarlos y, en el mejor de los casos y con las espadas de la reflexión y la farmacopea, vencerlos.
Esa es la soledad del aire frío fuera, y el caliente dentro, de la buena sensación, del te caliente, de frío.
Sin embargo la soledad no tiene vuelta, poner un pie en su isla y como hidra terrible te capura y es dificil escapar. El querer estar solo se vuelve equivalente al “no querer estar con nadie”. Ese ostracismo digamos “histórico” nos lleva a una desaparición terrible, un viaje en busca de una Ítaca, suponemos interna, que en realidad solo es el no estar, el ser un otro nunca prójimo, el vivir separado y triste.
La tristeza tiene de soledad y la soledad de tristeza, el gato solo se lame bien pero se lame poco, y no sabe para que lamerse. Ese es el vórtice asesino y peligroso.
Pasar los años solo, no encontrar voces cercanas, estar en un mundo tan agresivo que cualquier día y sin pensarlo nos borraría de un plumazo. La compañía es un alegato, un conjuro, una trampa contra el paso del tiempo y de la soledad: nos deja escrito en una tablilla de arcilla aquellos momentos en la oquedad sola del cerebro, de nuevo solos, de nuevo.

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