(313) Canta Billie Holliday
La voz de Billie Holiday se desliza ignorada por el pentagrama rítmico. El humo, la vida, el sudor y el rezume de la pared de ladrillo le recuerda el día a día. La música se eleva hasta tocar Olimpos naturales, exquisitos, artificiales, rudos.
El Jazz suena a espaldas del trabajador negro y del existencialista blanco construido con el virtuosismo del artesano manipulador que encontró una salida y, también, albergado en el guiño travieso de las farolas de la calle en la noche casi convertida en día.
Amores, desamores, tardanzas, morigeraciones de la vida que suenan entreveradas en estilos y fuentes que son tantas como personas, al menos. El día amanece en la ciudad y, al tiempo, desamanece en el alma de los que allí estaban, cuencos pardos y blancos de la sociedad de sus absentas y de sus locuras.
Bang, bang, carreras, sirenas, motores en marcha, gritos, pasos desconocidos, habla de borrachos y, al fin desembocar todo ello en un pentagrama, una tristeza, una alegría y un mañana puesto entre interrogaciones. Una respuesta con signo de jazz o pregunta de blues entre las docenas de servidumbres, las decenas de malos hábitos, las unidades de destinos firmados.

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