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(329) Crimen en Malpaís de Almadormida

bonhamled @ 15:16 Tags:

Los periódicos llenaron columnas y referentes sobre el crimen de Aparicio, en la comarca castellana de Almadormida.

Aquellos jóvenes muertos, aquellos tufos insufribles y el olor a polilla quemada dieron que pensar a muchos en los comienzos de aquella dictadura, que no fue sino el preludio de otra que llegaría no mucho tiempo después.

Aún así y a pesar de lo escrito daba miedo hablar y nunca se dijo del veneno, del sueño del tren o de la visceralidad puesta a la luz de la cuchillada. Las hemerotecas así lo ocultan. Los muertos, jóvenes, bellos amantes del tiempo futuro se quedaron varados sonrientes de calavera y sorprendidos de vidrio en los ojos en aquel pasado. El abyecto Goush, aquel que llevó algún que otro descubrimiento y mucho dolor a la tierra de Aparicio, rebautizada como Malpaís de Almadormida, se quedó también allí, al menos hasta que muchos años después alguien rebuscaría en las tumbas sus polvos más miserables.

Los guardias de asalto se llevaron los cobardes cadáveres, las familias huyeron del pueblo ante el primer ímprobo suspiro del viento Rido. Las lágrimas quedaron; dejaron laguitos secos en las esquinas no barridas, en los recoletos lugares, donde las cruces desbarataban torbellinos simiescos y diabólicos, en las montoneras caballonas donde después el olvido y el tiempo, ambos voluntariosos, habrían de hacer crecer la mala hierba para aviso de transeúntes y consejos para todos . Era el intento de un verde borrón en el palimpsesto ya borrado de la historia.

El resto, nadie puede decir que lo vio, nadie que viva ahora,  quedó en noticia terrible de periódicos que hablaban de Aparicio como del África o de una parada remota del tren Transiberiano. Luego de los años aparecerían simuladores terribles, ladrones de huesos, y algún loco sin más apellidos . Casi todos ellos serían huéspedes del verdugo del garrote. Ya recientemente otros investigadores, como yo mismos, fueron expulsados  por los gritos importunadores, rotundos estentóreos del frío y de la soledad más que por las gentes, de las que ya no había.

Las sombras, los ruidos, los olores, el calor del fósforo, las moscas veraniegas, la sensación intuitiva e instintiva de lo que se cierne atrajeron a pocos y echaron a los que quedaban. Hoy es tierra yerma, yerta de calcáreas castellanas, llena de mareas del tiempo y embrutecedora hasta el adormecimiento. Quizás sea el legado de Goush, quizás sea el vértigo y el mareo terrible de la llanura de Castilla, quizás solo sea una sensación de escalofrío en la estepa fría de este invierno.

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