(330) Guerra
La guerra es una concatenación de malas suertes.
Con una, dos o tres se arruina la vida de una persona, un próspero profesional acaba siendo un yonqui en el arroyo, una casi imperfectible carrera acaba siendo un arrastrarse, un perder amistades, un negar la cabeza, un muera o mate más temprano que tarde.
La guerra son diez, cincuenta, cien malas suertes anidadas en ilación graciosa y macabra.
Pueden ser, por ejemplo, el estar en un sitio adecuado, no tomar conciencia del momento y servir de blanco para alguien o, quizás, estar en el punto de mira, ser el mejor objetivo periodístico y volver la cabeza. También es ir a por el pan en un lugar que no se debería, quizás vivir donde no era buena idea, creer en un líder tóxico o no tener posibilidad de huir o mil cosas más.
La suerte, esa que casi siempre viene casada con la palabra “mala”, se comporta así, busca un lugar donde anidar, donde se da el calor de los cuerpos que lo pierden y la humedad de la sangre derramada. Allí vive pequeña, esquinosa, dejándose caer sobre tal o cual persona, buscando el desastre para, salvar a alguien de manera sorprendente, cebándose en algunos para demostrar lo fútil de la vida, llenando de agua envenenada los aljibes cuando más sed hay, negando la comida cuando más hambre hay.Es esa la suerte que es pura herrumbre y subalterna opacidad, o se manifiesta fin función ni dueño en un acto inútil como no se presenta en una ocasión obvia. Esta aparente neutralidad, al fin y al cabo, crea una cadena de dolores que engarza lo peor, con lo más malo, con lo pésimo para dar lugar a esa mala suerte, ese lugar común del dolor, el escombro y el llanto seco: le llamamos guerra.
La guerra es un cúmulo de malas suertes, es una mano donde la primera mano es la muerte, la segunda, el hambre, la tercera el dolor, la cuarta la ignoración y la quinta es una nueva mano tras una esquina, en un mercado, en un paseo, en una huida. Todo suerte, todo azar, todo fortuna, todo nefas.
No valen augures ni conjuros, ni brujería ni suertes, La guerra es tan sinfonía de azares y casualidades adversas, aversísimas, que la muerte deviene con realidad estadística: 80%, 90%, 98%.

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