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(334) El caerse

bonhamled @ 07:43 Tags:

El aire que lanzado recorría la calle arrebatando capas y sombreros le tocó con levedad malvada en el hombro. El miraba la calle con su cartera de cuero en la mano, distraído a la salida del trabajo. Y tropezó de una manera clara, sin rivalidad alguna ni inconveniente, y se precipitó.

Perdió la verticalidad ganada en la infancia hacia un abismo de velocidad y suelo. Rehizo el escorzo en la postura a fuerza de musculatura dorsal mientras las manos, defensoras e involuntarias, buscaban en su daño la previsión del golpe al resto del cuerpo; la cartera avanzó y se desbarató en un charco a un par de metros mientras el sonido del sopapo se perdía en las vetas de la acera y en el azogue muerto del asfalto.

Recuperaba la línea recta en el suelo y depositaba su cuerpo en el horizonte cercano como un fardo antiguo, de algodón o un saco de patatas, huesudo y blando. Tropezó y cayó, se precipitó desde la altura de su arrogancia o de su posición física hasta el suelo de la razón o de la calle: Eso fue lo que ocurrió en pocas palabras. El agua sudorosa y gris del suelo se mezclo con su rodilla, erosionada, y sus manos sucias, ahora más.

Se levantó y miró circunspecto, recordó por un instante que era mortal que había sido héroe antes aúnn, siguió andando limpiándose y olvidando recordar a quienes le habían observado caer desde su Olimpo del anonimato hasta el suelo como Ícaro o Prometeo y que solo vieron un Dédalo cobarde o un huido de aquellas Termópilas legendarias. Reconoció su posición y su figura en esa situación risoria y un rictus de sonrisa, como un brillo, apareció por su semblante, velado rápido por una sombra de tiempo. Era falso, era la risa de la circunstancia que sería vista por otros; queriendo ser de los otros en vez de ser él en ese episodio, así conjuraba andando, peripathos, ese escándalo social.

Se levantó del suelo, miró al cielo y recobró algo de la serenidad malhadada, en el fondo de su alma anidó, en ese momento, un aleteo de incertidumbre, que le acompañaría hasta su cercana muerte. Pudo ser un aviso bromista o una coincidencia malévola, lo supo poco tiempo después. Sus manos estaban manchadas de esa grasa acuosa que es el barro, sueño y eco del tiempo en el tiempo presente y por tanto huidizo y grisaceo en su suciedad. Repasó en esos primeros pasos todavía sucios una vida y le acometío un empuje brutal como de gravedad contenida: ¿estaría perdiendo su vida?, se conformó al ver los legajos y rollos de su cartera abollada y sucia y volvió a la realidad huyendo del guiño que el destino le había dedicado, el viento burlón y fauno seguiría aplaudiendo abandonos y ayudando a las caidas

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