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(342) Imaginativo

bonhamled @ 06:23 Tags:

Jugaba a imaginar. Las comidas, solo me permitían ese solaz casi infantil, con ese imperativo de olvidar por poco tiempo el trabajo y dejar volar los pensamientos para que así descansen.

El restaurante nuevo, bueno, de paso, con esa decoración y arquitectura que abunda en lo efímero del momento, quizás algún amor fugaz, puede que algún contacto de negocios con mucho de oscuro, pero casi todos eran personas y personajes de paso, viajantes, familias, grupos, excursiones. Esperaba aburrido mi tren en ese restaurante. Frente a la cafetería  casi enfrente de la estación, este restaurante cafetería, un clásico, tenía menos de ese tufillo de lejía, arrebol de tarde y despedidas desperdigadas de todas las instalaciones de hostelería de estaciones y aeropuertos, pero no se lo quitaba del todo.

Puesto así, me puse a imaginar, con el plato del self service en la mano, triste ensalada y un bistec siempre demasiado hecho. Imaginé que la señora del fondo, madura, esperaba sin duda a un hijo que volvería de una estancia larga; que la familia de aquella esquina hacía tiempo hasta la hora de enviar al hijo mayor a la capital, a estudiar ingeniería o puede que medicina. En el centro del local, rodeado de gentes y de prisas, la chica jóven quizás esperase a ese novio imprevisible que, en este momento, se estaría despidiendo de otra novia esperanzada.

Sin embargo estas ideas, estos minicuentos que venían marcados por el cortar el filete o el pinchar algo de ensalada se pararon cuando vi al joven junto a la puerta de la cocina. Un sitio no muy concurrido y no muy gustoso, el olor impregnaría las prendas.

El joven con su mochila ligera fijaba la mirada en la puerta, en línea recta desde su mesa. Comía, poco, un pequeño plato de postre, puede que algo de tarta o un flan y bebía una cocacola.

El porqué me fijé en él, no lo supe, de hecho debió ser porque mi galería de "cuentos prefabricados para personas en estación" no se ajustaba a su vestuario, demasiado elegante para ser un excursionista, demasiado poco formal para esperar a un jefe y además ¿la mochila?.

Miraba de reojo a la puerta, y vigilaba la entrada y la salida de la gente, me fije que no dejaba de mirar al vigilante que deambulaba aburrido. Sobresaltado inmediatamente pensé: Es un terrorista.

Un terrorista que espera su contacto, quizás un jefe, o a un compañero al que seguir hasta un nuevo lugar, quizás un nuevo objetivo. No miró el reloj. Durante esos eternos segundos nunca miró el reloj.

Pensé que sería infantil llamar a la policía ante esta infatuación de tiempo libre pero intenté recordar su cara, joven, en los treinta, con un aspecto, normal. Esa fue la clave que mi mente vagadora tomó como prueba: !Era sorprendentemente normal!.

No miraba a nadie fijamente, no hacía casi ruido, no vestía ropa ostentosa ni fácil de reconocer, observaba con tranquilidad tensa la puerta, al vigilante y casi a todos los que entraban y salían. Comía del postre que tenía pero alargando el tiempo y con la certeza de la falta de hambre. Al menos eso es lo que yo pensaba con el sopor y el agobio de la comida insípida y escasa de dieta mezclándose con la espera, como de vida que se agota.

Miraba de nuevo, volvía a mirar y yo, como espectador de una película de gangsters, me imaginaba metido dentro de un tiroteo entre el mensajero de un jefe mafioso, comiéndose un yogur o un pastel, y otro jefe mafioso en el restaurante junto a la estación.

Miraba delante y detrás, yo miraba mi reloj y me sorprendía, quedaba menos de media hora para la salida del tren, un día de trabajo y un último tren hacia el descanso, hacia casa.

Entraba en ese instante un patricio en el restaurante, instantes antes un guardaespaldas discreto pero evidente echó un vistazo al local, no se si cruzaron miradas de inteligencia entre ambos o fue un absurdo descuido pero el joven terrorista, mafioso, mercenario se mantuvo en su lugar, no hubo movimiento. Durante unos segundos pensé en el hombre, de mediana edad, de excelente terno, de gesto acostumbrado al mando, ¿Sería un actor ó quizás un periodista?.

No se, y en ese momento me arrepentí de no haberme fiado del instinto que en el trabajo tanto juego me había dado, el jóven se levantó con el plato, arrojó el plato y el contenido a una de las papeleras y salió en dirección a la puerta, miró, por primera vez el reloj, echó mano a la parte trasera de su pantalón, que se abultaba de manera extraña y extrajo una pistola.

Antes de que nadie pudiera percibirlo, entre ellos el sorprendido e inepto guardaespaldas, o quien yo creía que era un guardaespaldas, acribilló con fatalidad de sicario al hombre que entró. Su cuerpo cayó con ese estruendo y la aparatosidad algo ridícula de quien pierde la vida. Un rictus de sorpresa en sus ojos y un charco de sangre que se formaba sobre el enlosado mil veces limpio del restaurante.

Tomó la puerta sin mirar atrás, yo, en el suelo, terminaba de masticar el penúltimo bocado del filete. Pensé, ¿He sido cómplice?.

La policía vendría en pocos instantes, el asesino se perdió en las venas terribles de las ciudades y luego el noticiero escupiría el hecho y la explicación. Hasta ese instantes todos los hechos, incluso los evidentes, volaban en globos alejados del razonamiento.

Me levanté y me quedé quieto, veinticinco minutos para salir el tren y ya sabía que lo perdería, quizás perdiera hasta el último de la tarde. La vida es esto, un esperar un hecho que no llega  hasta que llega otro suceso inesperado repone las reservas de espera. Eso hasta el último día donde la espera de la muerte se hace tan larga que se olvida o, tan corta, como para dejarnos con mil recados de lágrimas.

Me rasqué la cabeza pensando si debería contar a la policía mi elucubración entretenida o me debería quedar en el papel de actor secundario y alejado.

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