(352) El explorador
Decidí abandonarme en una columna en un desierto y, al tiempo, deambular por los campos y páramos inmensos de tu mundo recoleto.
Anduve por pequeñas montañas, collados húmedos y frágiles, flexibles y eternos mientras un grito, un suspiro o un estremecimiento de terremoto me dejaba verte allí arriba, en un cielo en el que siempre has estado.
Miré la blandura de tus senos, el universo claro de tu vientre creador, tus piernas que dejaban ver un secreto, un secreto digno de los mejores Livingstones.
Mientras auscultaba, revisaba, tu mundo más interno, otro nuevo se acercaba a mi, quizás con los olores de la selva, de la montaña, de la urbanizada Europa, de la lejana Asia. Un olor de vida y muerte, tiempo y vida, jugos, licores y sensaciones. Un lugar donde el tiempo tenía consistencía. La consistencia melosa y untuosa de una caricia verdadera.
Era un camino, un demiúrgico volver al brillo rutilar, una sensación de dar para recibir multiplicado por millones porque el dar era un denunciar sencillo, oral, amable, cariñoso y el devolver era filosófico, atemporal, clarividente, egregio. Andaba el camino con presteza de arriero, con tozudez de herrero, con fe de carbonero, con decisión de asesino.
Seguí buscando en estas lomas, en esas vaguadas, en aquellos escarpes, en esos otros pasos, precipicios o durmientes leones. Intentaba hallar el llanto, la vida y el canto de la primera mujer. Seguí buscando, a desprecio de un egoísmo egoísta, el oro sin duda del camino al Olimpo, el tuyo.
Tras la travesía por jardines, por orondos y frondosos campos de naranja, por salados manantiales de agua pura, por rugosos y dulces campos de amapolas o margaritas, por sensaciones de tiempo y de vida llegué a aquel vergel, al lugar último de la pequeña muerte, de la gran vida. Arribé con el ánimo de un Aladino ladrón a la puerta del tesoro que se me abría. Vislumbrando oscuro un mundo con música, tiaras doradas por doquier y pifanos rugientes, durmientes y sibilantes. Un barroco mercado árabe me daba la bienvenida, una inteligente espesura de tiempos y datos, un mundo curvado como visto desde un barco, un tiempo que se vivía elongado en cada segundo. Un abanico de amanecer que se me abría frente a los ojos con inoculandome un sentimiento de ignorancia suprema, de oscuridad medieval y de historicismo trascendente, que no por repetido dejaba de serlo.
Cuando acabé y volví a la terneza prosaica del cuerpo a cuerpo, cuando regresé sin cansancio de ese viaje de mil millas y mil humores, miré de nuevo su cara, miré su gesto ya no tenso ó sorprendido ó relajado sino consciente. Consciente de haber mirado en el centro del mundo, de conocer un futuro y un pasado, sabedora de estar en posesión de bastantes claves: habiendo visto a un Dios, del que los demás nos atrevemos a dudar, viendo el tiempo, asomçandome al abismo insondable, lejanisimo en su brumar de rompeolassin tiempo. En ese momento, dubitante y miedoso quizás, queriéndome atribuir algún derecho, quizás me atrevería a preguntarla sobre lo que ha visto en ese gran Aleph....sin embargo no me atrevo, necesito muchos más méritos de viajero.

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