(355) Golondrinas que hacen verano
Se alejaba, quizás esperando esa última oportunidad, ese grito, esa sorpresa. Su relación estaba tan muerta como este verano que se entreveraba de aires fríos.
Ella continuó esperando esos pasos apresurados, ese asirle y buscar una solución. En su bolso sonaba como una excomunión el tarro casi vacio de ansiolíticos,
El parque del retiro de Madrid empezaba a pintarse con los añiles tardíos, bermellones y violetas del atardecer cuando ella se dirigía a la puerta. Caminaba con más lentitud de la requerida junto a la valla que delimita el estanque vacío y enfrente de ese monumento ostentoso y demodé a Alfonso XIII en el que retumbaba algún tambor africano aún. Detrás aparecían caídas en un suelo limpio, ilusiones marchitas, esperanzas de futuro en un país extranjero, y dolores y ausencias, muchas ausencias grises de color ámbar y amarillo. Marchándose recordaba dolorida aquellas ausencias gigantes que como en un queso de Gruyere imaginario y absurdo habían acabado por ocupar toda una porción de su vida.
El quedó en el kiosko en la esquina del estanque del retiro, sentado, pensando, rascándose la cabeza, arrepintiéndose sin contrición de su no estar, de sus deslealtades, de sus traiciones en el palmo recoleto de la relación, de la tristeza de nunca dejar de estar triste. Miraba la tarde muriendo y, al tiempo, la marcha de quien fue su compañera por más de diez años, de exilio, de lucha, de penurias, de alegrías pero sobre todo de superación. Todo ese pasado fue rebasada por la frase espetada que repetida marcaba un tiempo de metrónomo nuevo pero arduo.
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Esto acabó, Leo.
Ahí acabó, sin la pasión de los reproches ni la duda de la razón. Sin el tiempo de las reconvenciones, cambios de normas o esa especie de resaca terrible de chocolate recalentado que son las segundas oportunidades. El fin de un amor atlántico y pacífico que se había quedado sin inclusas que lo contuviera y sin noches estrelladas donde imaginar otro mundo, en otras latitudes más amigas. Quizás otras circunstancias en otro momento hubiera tenido otro resultado. Pero también hubieran sido otras personas y, probablemente otro el escritor y otro el cuento.
Ella se fue, el apuró el refresco ya bebido y, casi como dando naturaleza a la separación cardinal se marchó paseando hacia la estatua del ángel caído. Metáfora y epítome de una situación real, sus sueños se cayeron, su vida se tambaleaba en la fría y madrastra patria España.
Ella lloraría días y noches, querría cambiar de trabajo, lo conseguiría, y al final desaparecería como en un cuento no ocurrido. El intentaría no coincidir en la casa que aún compartían, abandonar ese hogar mercenario y caro en un barrio dativo, barato y emigrante para comenzar una nueva vida en un nuevo barrio dativo, ajeno y emigrante. En su piel todavía restañaban sutiles de tiempo la luminosidad terrible de las heridas de una dictadura no olvidada, quizás solo escondida tras los kilómetros de una emigración obligada, una separación forzosa y una extranjería sobrevenida.
El nácar de las pieles, el jade mezclado con los aceites de la superficie de contacto entre ambos, el dulzón acento y el pelo negro quedaba varado como esas barcas de bajura del estanque a sus espaldas. Los surcos centeniales de la vida y las dudas, miedos, respetos, sorpresas y alegrías quedarían detrás sin dejar de estar presente ni un instante del metrónomo marcado por “Esto acabó, Leo” y como escritas en un libro de cuero, tiempo y relojes.
Comenzaba una nueva vida mientras el día y el verano acababan. Las gaviotas y las cigüeñas ya anhelaban otros nidos y otros tejados lejos de la ciudad.

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