(359) Yuri
Estaba cansado y deseaba ver a su familia pero sabía que no podría escaparse, le esperaban los mandatarios para hacerse una foto y alimentar la propaganda. El no era ajeno a todo eso, era miembro creyente y ferviente del partido. Terminaba de mirar por la ventana, antes de iniciar la caída controlada hacia la tierra cuando miró al horizonte negro y sin línea, el futuro.
La atmósfera grisácea y algo blanquecina, como una medusa sólida o como una niebla dnsa sería la lija tremenda que amenazaba con su calor su estancia tranquila pero apneica en el espacio. Yuri miraba al horizonte inexistente a la bellísima bola redonda azul, verde, roja, marrón.
Pensó durante un instante en la fatuidad de los afanes, luchas, tensiones que eran del día a día en aquella bola que se creía plana al andar sobre ella pero que solo era una gota de vida sorprendente en aquel océano azul lejano y desconocido.
Miró de nuevo a la tierra, giraba casi imperceptiblemente, miró al estático mundo de las estrellas lejanas. Pensó en las raices de los árbones, atadas a una tierra redonda y móvil, pensó en las ideas de los hombres claras y efectivas pero, al tiempo, matizables solo con huir de la tierra unos pocos miles de kilómetros.
¿Le verían desde la tierra?, el no cabe duda que echaba de menos ese lugar arbóreo, prosaico, terrenal y telúrico donde nació y salvo estas pocas horas seguiría estando toda su vida. Deseaba volver pero, al tiempo, el cosmonauta, deseaba estar en esa clarividencia de pensamiento, por un lado lo evidente de la tierra, con su matiz inexpugnable en la altura, y por otro el horizonte que no parecía tener ley, ni Dios, ni ideología ni siquiera tiempo.
En pocos minutos comenzaría la maniobra de entrada a la atmósfera, la radio, cuyo chisporroteo instantáneo solo había callado apenas esos dos minutos de tranquilidad. Volvía a la realidad linear de la curvilinea tierra.

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