(369) La feria de las flores
La feria de las flores congregaba en los stands a empresas y distribuidores importantes, holandeses, colombianos, argentinos, noruegos. Era el lugar limpio y fragante donde buscar el negocio y la representación. También servía para el contacto, el apretón de manos, para copiar ideas luminosas o abtrusas y, al fin y al cabo, ver y ser visto, invitar y ser invitado por unos y otros.
Los puestos iluminados, algunos con toda la potencia del marketing en quince metros cuadrados, enseñaban flores, nuevas, antiguas, de novedosa presentación pero ninguna marchita. Olores de aquí y allá, algunos sorprendentes, otros en la frontera de lo dudable, presentaciones y aditamentos para todo uso, fertilizantes y embellecedores, servicios y novedades. Todo ello se unía allí ciencia y economía, poesía y flatulencia, aroma y personas, mezclados en el lugar del comercio, el mercado pero también en el templo del areópago de la flores.
Juan Enterría representaba a Florpasión, la delegación española de “Flores del Chile”. Su pasión por las flores, morigerada a fuerza de escalafón profesional, renacía en estas reuniones entre negociadores, comerciales y vendehumos, españoles, holandeses, belgas, franceses, británicos, americanos. Como un milagro de la vida volvía a sus tiempos tímidos, tiernos de sus años en la escuela de Horticultura de Leuven. Nuevos floristeros, nuevos cultivadores de tal o cual especie, de tal o cual efecto, de tal o cual variedad. En esas ocasiones sus ojos, entrados en la cuarentena, brillaban en un segundo pirotécnico y luego, con la verdad marcersible de las ilusiones volvía a su redil cuadriculado de las necesidades de distribución y los volúmenes de venta marcados en deliciosos fustes.
Claveles, peonías, bouquets ordenados y estéticos de gerberas, rosas de Fui, azaleas exóticas de Tailandia o poinsetias de Birmania llenaban los ojos de colores, olores, sinestesias que casaban, como de cuadro de anuncio en televisión, con unas músicas previsibles y de lounge de aeropuerto. Este matrimonio reconvenido y reconocible amargaba el suave dulzor del olor perfecto de mil maderas, de mil, lugares, de mil personas a Enterría y creaba la sensación verdadera de ser un mercado sin ilusión donde se paga dinero por ver la última agonía real de las flores perfectas del campo, por conocer el follaje más agreste y más amigo, por comprar los esquejes y almacigas más eficientes y por ver las flores en maceta con mayor porcentaje de éxito.
Juan Enterría tenía una reunión a la una, que probablemente acabaría en comida, y, mientras tanto, deambulaba por su stand, y el de los alrededores observando algunos cambios importantes, Dumech ha cambiado la tendencia en la búsqueda de la azucena (Calendula oficialis) más florada. Los japoneses vuelven reeditados con sus lirios y crisantemos perfectos de piel de Geisha. Las orquídeas este años son más grandes y coloridas pero parece que su olor se opaca rápido, muy interesante esas presentaciones ornamentales Kenyaflowers, esta tarde procuraré establecer un contacto.
Mozos entran y salen, escaleras, cuchillas, cubos, galanterías gazmoñas susurradas, claveles que no son sino trajes de faralaes al viento, entre el negocio que solo refleja entre humedad y aromas la futilidad del tiempo, el amor a la vida.
Enterría bosteza, con discreción, mira al horizonte de semovientes vendedores y compradores en el gris marengo, el marrón de temporada y el azul marino, un mar blando y abigarrado enseña el moverse que representa la industria.
De repente en el fondo, débilmente ilustrado por sus discretos guardaespaldas algo llama la atención. Un anciano, puede que tuviera más de noventa años, avanzaba en su silla de ruedas automática empujada por un auxiliar en dirección al centro de la exposición. Fuera el frío de Hamburgo aniquilaba esta falsa sensación de epifanía interior de la primavera.
Era Schrader, el padre de esas prímulas negras sutiles y amenazante, el comerciantes alemán perdido en el tiempo del siglo XX que abandonaba su sueño cartujo en la Argentina para presentar quizás su última flor, quizás su último hálito de vida. El trasiego de gente y la música ambiental neutralizante no acababan de esconder algunos gritos de fuera: Asesino, asesino.

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